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Bailan (Daniel Pérez)
Casi una
hora sentado y con la mente en blanco; el blanco de su vestido. No
importa si cierro los ojos: continúo viendo cómo se
aleja en silencio. No puedo reaccionar. No sé cuántas
canciones he escuchado allí, contemplando el vacío de
mis pensamientos.
Me levanto y
camino despacio. El volumen de la música se atenúa
lentamente. Tras una breve pausa comienza a sonar una de las pequeñas
obras de arte de Piazzolla. Me la sé de memoria, la tarareo
tímidamente. Y allí está ella.
La bailarina
se muestra sola, perdida en ninguna parte, iluminada por la única
luz de la escena, luz tan blanca como el vestido de aquella que un
día fue y me temo que seguirá siendo. La miro. Ella no
se percata de mi presencia; espera a alguien. Y allí está
él.
Se acerca a
ella, desafiándola con ternura y miedo, escondiéndose
de sí mismo. La música casi se detiene, y él con
ella. El violín llora y en el aire suspendida deja una lágrima
que con mi mano recojo sin que ellos me vean. Se miran, se acercan.
El bandoneón los recibe entre corcheas. La danza comienza.
Bailan, o al
menos eso creo, pues tal es la delicadeza de sus movimientos que en
ocasiones parece que tan sólo acarician notas. Sus cuellos se
rozan, las miradas se buscan mientras huyen de sí mismos.
Juegan, giran. Escucho la frase del chelo y veo cómo el abrazo
se hace más fuerte, cómo la luz de aquel vestido
desgarra mi alma sin piedad. Se besan, se aman y se odian. O quizá
lo que sucede es que odian amarse. Pero en cualquier caso bailan…
Trato de
encontrarme a mí mismo en la escena, mas me resulta imposible.
Aún estoy perdido en su recuerdo, una herida demasiado
reciente que sangra y tiñe de rojo la interpretación de
los bailarines. Una cicatriz que quizá algún día
sólo yo perciba.
El tango se
aproxima a su fin, y él la besa por última vez sin
apenas tocarla. Creo haberla visto sonreír, pero no estoy
seguro. Y de aquí se pasa al silencio y a la imagen de ambos
alejándose. No más tangos, no más almas por hoy.
Permanezco
de pie contemplando cómo se alejan en la noche, bajo la luz
del recuerdo. Me siento feliz y afortunado por haber presenciado el
mágico instante. No quiero moverme de allí, pero es
hora de vencer la pausa y reanudar la vuelta a casa. Así pues
miro por última vez cómo la luz de la luna se refleja
en el lago, doy media vuelta y me meto de nuevo en el coche. “No
más Piazzolla por hoy, ya es suficiente. Escuchemos un rato la
radio”.
Jamás
pensé que los cisnes supiesen bailar tango.
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