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Texto ganador del II Concurso de Narrativa Imprimir E-mail
10.06.2010

Bailan (Daniel Pérez)


Casi una hora sentado y con la mente en blanco; el blanco de su vestido. No importa si cierro los ojos: continúo viendo cómo se aleja en silencio. No puedo reaccionar. No sé cuántas canciones he escuchado allí, contemplando el vacío de mis pensamientos.


Me levanto y camino despacio. El volumen de la música se atenúa lentamente. Tras una breve pausa comienza a sonar una de las pequeñas obras de arte de Piazzolla. Me la sé de memoria, la tarareo tímidamente. Y allí está ella.


La bailarina se muestra sola, perdida en ninguna parte, iluminada por la única luz de la escena, luz tan blanca como el vestido de aquella que un día fue y me temo que seguirá siendo. La miro. Ella no se percata de mi presencia; espera a alguien. Y allí está él.


Se acerca a ella, desafiándola con ternura y miedo, escondiéndose de sí mismo. La música casi se detiene, y él con ella. El violín llora y en el aire suspendida deja una lágrima que con mi mano recojo sin que ellos me vean. Se miran, se acercan. El bandoneón los recibe entre corcheas. La danza comienza.


Bailan, o al menos eso creo, pues tal es la delicadeza de sus movimientos que en ocasiones parece que tan sólo acarician notas. Sus cuellos se rozan, las miradas se buscan mientras huyen de sí mismos. Juegan, giran. Escucho la frase del chelo y veo cómo el abrazo se hace más fuerte, cómo la luz de aquel vestido desgarra mi alma sin piedad. Se besan, se aman y se odian. O quizá lo que sucede es que odian amarse. Pero en cualquier caso bailan…


Trato de encontrarme a mí mismo en la escena, mas me resulta imposible. Aún estoy perdido en su recuerdo, una herida demasiado reciente que sangra y tiñe de rojo la interpretación de los bailarines. Una cicatriz que quizá algún día sólo yo perciba.


El tango se aproxima a su fin, y él la besa por última vez sin apenas tocarla. Creo haberla visto sonreír, pero no estoy seguro. Y de aquí se pasa al silencio y a la imagen de ambos alejándose. No más tangos, no más almas por hoy.


Permanezco de pie contemplando cómo se alejan en la noche, bajo la luz del recuerdo. Me siento feliz y afortunado por haber presenciado el mágico instante. No quiero moverme de allí, pero es hora de vencer la pausa y reanudar la vuelta a casa. Así pues miro por última vez cómo la luz de la luna se refleja en el lago, doy media vuelta y me meto de nuevo en el coche. “No más Piazzolla por hoy, ya es suficiente. Escuchemos un rato la radio”.


Jamás pensé que los cisnes supiesen bailar tango.

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